Cotidianamente, cuando el ser humano intenta comunicarse, necesariamente emplea herramientas que le permiten palpar, sentir y pensar en todo aquello que le facilita ponerse en contacto con el mundo exterior. Puede decirse que interactuamos con el mundo a través de cientos de interfaces, es decir: dispositivos que permiten la mediación entre el mundo y el yo.
Muchas de ellas son tan conocidas y aceptadas, que ni siquiera las vemos. Por ejemplo, cuando usamos una herramienta, o interactúa con un sistema, suele haber "algo" entre uno mismo y el objeto de la interacción. Por ejemplo, en un automóvil, ese "algo" son los pedales y el tablero. En una puerta, es el picaporte. En una máquina expendedora o un ascensor, los botones. En una computadora, el teclado, el monitor, el ratón. Este "algo" nos informa qué acciones son posibles, el estado actual del objeto y los cambios producidos; además nos permite actuar con o sobre el sistema o la herramienta. Pero para hacerlo, se requiere que dicha herramienta esté diseñada de tal modo que podamos comprender fácilmente su funcionamiento.
Imaginemos el automóvil tecnológicamente soñado:
- Ecológico en cuanto al empleo de combustible por energía solar
- Capaz de convertirse en helicóptero para transportarnos por el aire
- Puede en un bote, para navegar a capricho en ciudades como Puerto La Cruz, Venecia...
- A un costo tan bajo que la mayoría de la población puede adquirirlo.
Tal es el impacto del producto que en distintas latitudes del mundo los ciudadanos se apresuran a comprarlo y pronto se agota en el mercado. Sin embargo, en el momento de hacer arrancar la máquina, las personas se consiguen con un minúsculo tablero que mide sólo 1x1cm, además se ve y se opera mediante infrarrojos, que los humanos casi no percibimos ni emitimos controladamente. En consecuencia, el auto casi perfecto tiene un pequeño problema: no puede usarse. Con esta situación hipotética queremos indicar que hasta el mejor sistema o la herramienta perfecta, son inútiles si no podemos interactuar con ellos.
Ahora pensemos en todos aquellos sitios en Internet que hemos usado en nuestro tiempo de cibernavegadores:
- ¿Cuántas veces resulta imposible encontrar lo que buscamos porque no sabemos cómo hacerlo?
- ¿Cuántas veces los obstáculos para acceder a la información se relacionan con sitios web que reportan tardías velocidades de descarga, con diseños visualmente incomprensibles, de apariencia estridente y que por si fuera poco carecen de una estructuración y organización lógica en su contenido?
He aquí un problema relacionado con el uso de los productos comunicacionales en la red de redes. Jakob Nielsen, ingeniero de interfaces, hombre-máquina de la empresa Sun Microsystem, en Estados Unidos, ideó una metodología que permite la evaluación de los sitios Web, metodología conocida en la actualidad con el término Usabilidad, la cual se define como la utilidad de un sistema, el medio para conseguir un objetivo, la funcionalidad de un sitio Web y el modo en que los usuarios pueden usar dicha funcionalidad.
Por lo tanto, la Usabilidad es la medida en la cual un software puede ser usado por usuarios específicos para conseguir el punto óptimo de funcionalidad en un contexto de uso particular. Esta condición reconocida por autores de habla hispana como facilidad de uso, y conceptualizada dentro del contexto de lo que en inglés se denomina con el término usability (Usabilidad), es la herramienta responsable de que el contenido de un sitio web cumpla de forma correcta las expectativas con las que ha sido creado, siempre desde el punto de vista del usuario final, de los visitantes de las páginas, ya que son estos los que, al fin y al cabo, van a hacer que un sitio web sea o no exitoso.
A fin de cuentas, como afirma Nielsen (2003) los usuarios visitan el sitio web por su contenido, pero agradecen la Usabilidad para llegar a éste. El diseño del contenido existe para permitir a la gente acceder al mismo. La vieja analogía citada por Nielsen (2003) es la de "un grupo de amigos que va a ver una función de teatro: cuando salen del teatro, de lo que hablan es de la obra, no de lo bonitos que eran los trajes".